
UN CORAZÓN DEMASIADO GRANDE

¡VAYA TIEMPO DE LOCOS!

MUERTA EN VIDA
Husmeaba en los contenedores con ayuda de un bastón al que había colocado parte de un vidrio roto, tratando de pescar. Pero sus ojos febriles y sus escuálidas manos no tenían hambre de comida; sino de sonrisas, amigos y tal vez de un abrigo nuevo que la liberase de esa penuria a la que había sido arrojada cuando su empresa se declaró en bancarrota, dejándola en paro y el banco le expropió la casa en el plazo de unos meses.

CUESTIÓN ANIMAL

¡VAYA MUNDO DE LOCOS!

Camino por las calles
sin ensuciar mis suelas
el barro me rehuye
lo hace hasta la Tierra.
El mundo gira y gira
y el tiempo se me agota.
Camino por tejados,
esquivo chimeneas
y en todas partes busco
apoyo de un mecenas
que respete mis silencios
y conquiste con calma...
mi corazón de piedra.

Si te gusta lo que lees aquí, disfrútalo por favor desde el blog, pero no lo copies. Puedes leer más escritos míos en mi otra bitácora: www.mimundomiburbuja.blogspot.com Respeta mi propiedad intelectual. Gracias.
CONJURAS DE OTOÑO
para escribir su propia rima:
lo hacen sobre tu terciopelo
hecho de hojas caídas.
Y son esas hojas marchitas,
pequeñas canas de otoño,
las que vuelan por tus colinas
coloreando de rojos y ocres
los árboles que te dominan.
Esas hojas heridas de muerte
se mezclan con el paisaje
y crean un patchwork de vida
que esparce un perfume
con el que todos suspiran,
pensando en grandes amores...
pidiendo historias inolvidables...
que bajo tu manto convivan.
Y el verso se hace roca o polvo
cuando viajo sendero arriba...
y el cielo a lo lejos besa tu tierra
y hace del horizonte poema...
allí donde se juntan sus líneas.

La chica de la lira
La encontré totalmente desnuda, arrinconada en un callejón maloliente junto a cartones y bidones de metal. Estaba sentada, con la espalda contra la pared y el tronco replegado hacia las piernas que tenía juntas en el suelo y extendidas.
Su voz me había llegado hacía unos minutos, y mis oídos se enamoraron al instante de su cadencia. Deseoso de conocerla, deambulé por los sitios menos recomendables de la ciudad hasta que di con ella.
Cuando atravesé aquella arcada, en la acera opuesta del convento, supe intuitivamente que ella estaría allí, al otro lado. También supe de antemano adivinar su figura grácil y el color rubio de sus cabellos.
Para lo que no estaba preparado era para aventurar que el sonido de aquella lira brotase de seis de sus hermosos cabellos, largos, lisos y sedosos que ella tenía sujetos con los dedos de sus pies de manera elegante. Aquellos filamentos de oro que salían de su cabeza, de tan rubios, según el ángulo desde el que se los contemplase, parecían invisibles.
Un hombre singular
Era joven, pero su
aspecto desgarbado le hacía parecer mayor. Para disimular su calvicie en lugar de raparse la cabeza, cruzaba sus escasos cabellos de lado a lado y los puntos más al descubierto los pintaba de betún negro.
Era soltero y de no ser por sus extravagancias en la vestimenta y en el modo de actuar, hubiera tenido bastante éxito entre las mujeres, pues era sensible y buen bailarín. Lástima de su extraña manía por colocar peceras en las ventanas y en el balcón en lugar de macetas, o de su empecinamiento en demostrar a sus visitas que los huevos fritos se pueden freír sobre la televisión con las ondas electromagnéticas que ésta produce.
LA NOCHE

Nota: La foto es de Sandra Losada para www.flickr.com














